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Con la escenografía espontánea de Capilla y bajo el amparo de Amalia, cuyo apellido casi la hace capillense, se levanta uno de los poquísimos museos religiosos del país. Enmarcado en la réplica de la capilla de 1735, la que dio nombre al pueblo, hay un abanico que abarca desde lo más sublime del arte napolitano, pasando por el colonial hispanoamericano y terminando en la obra popular, curiosa y, a veces, devotamente cursi de fines de siglo XIX. Juntos entremezclando los siglos, se reúnen pinturas, imágenes, vestiduras sacerdotales, muebles y todo tipo de objetos religiosos en un aparente desorden que descontractura el camino hacia la belleza y la fe, hacia el testimonio del aborigen y sus ángeles arcabuceros o hacia una Virgen acostada por el cansancio que significa haber dado a luz a Dios.
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